Los Caracoles Declararon la Independencia y Ahora Cobran Peaje en Baba por Cruzar mi Jardín

Pensé que tenía una guerra de dos bandos. Error. Los caracoles vieron el caos, declararon su estado soberano y ahora sus muros de baba son la única infraestructura que funciona. #PeajeMolusco #GeopolíticaDeJardín #LaRevoluciónEsLenta 

La situación geopolítica en mi patio era clara: el Eje Terrestre (ratones) vs. la Alianza Aérea (pájaros), conmigo como el titiritero ansioso armado con esencias florales. Un equilibrio de terror perfecto. O eso creía.

Ignoré por completo al Tercer Estado. El que se movía a una velocidad glacial, pero con una determinación tectónica. El que observaba desde abajo, literalmente, nuestra absurda contienda: La Confederación de Caracoles.

Ellos no tenían prisa. Mientras nosotros nos esforzábamos en esquivar, rociar y picotear, ellos avanzaban. Su filosofía era simple, elegante y pegajosa: "La tierra no es de quien corre, sino de quien la cubre".

Todo empezó, como los grandes imperios, con una infraestructura. Los caracoles, hartos de que nuestras batallas les estropearan sus meticulosos paseos gastronómicos nocturnos, empezaron a construir. No trincheras. No vallas. Ellos construyeron autopistas.

Líneas plateadas, brillantes, de una baba iridiscente que comenzaron a aparecer en las losas del sendero, en la base de las macetas, en las hojas más anchas de las hostas. Eran hermosas a la luz de la luna y traicioneras a la luz del día. Para mí, eran un peligro de resbalón. Para ellos, eran la Autopista Trans-Jardín, la Ruta de la Seda de la Saliva.

Y entonces, implementaron el sistema de peajes.

La primera vez que lo noté fue en mi lechuga romana. Una hoja perfecta, crujiente, prometedora. Y justo en su base, donde el tallo se encontraba con la tierra, había una fortificación de baba seca en forma de arco, y encima, un guardia. Un caracol del tamaño de una uva pasa, con su concha a rayas, inmóvil, como un centinela en su garita.

Inteligente. No se comían la lechuga de entrada. La custodiaban. Habían comprendido que el recurso más valioso no era devorarlo todo a ciegas, sino controlar el acceso.

Intenté ignorar el peaje. Cogí la lechuga. El caracol no se movió. Pero al día siguiente, la hoja tenía un agujero. No un mordisco de ratón, irregular y nervioso. Era un orificio perfecto, circular, como un sello de validación. Un mensaje: "Pasaste sin pagar. Esta es tu multa. La próxima, será la hoja entera".

El pago, descubrí, no era en moneda. Era en especie y tiempo. Si dejaba, en una esquina de la hoja, un pequeño trozo sacrificable, un aperitivo, ellos se lo comían con parsimonia y permitían que el resto de la planta viviera. Si no, el bloqueo baba-lístico era total. Era extorsión, sí, pero de una elegancia y lentitud exasperantes.

Su confederación no tenía líder visible, solo burocracia mucosa. Un día encontré un sendero de baba que subía por el tallo de mi tomatera y terminaba en un tomate cherry. No se lo habían comido. Le habían puesto un cerco. Una línea espiral perfecta alrededor del tallo que lo unía a la rama, como sellándolo. Era un embargo. "Este fruto", parecía decir la baba, "está en litigio. Pague el arancel de paso con una porción de albahaca adyacente, y lo liberaremos".

Hasta los pájaros los respetaban. Vi a un gorrión acercarse a un sendero de baba reciente en el suelo, picotear cerca, y luego retroceder con un gesto de claro disgusto. La Alianza Aérea no quería problemas con una nación cuyo ejército se pegaba a tus patas y no soltaba prenda.

Ahora el mapa de mi jardín es así:

  • El Subsuelo: Territorio en disputa (Ratones).

  • El Aire: Espacio de vigilancia y recolección (Pájaros).

  • La Superficie: Estado Soberano de la Confederación de Caracoles, con sus autopistas brillantes y sus aduanas vegetales.

Yo ya no riego plantas. Subvenciono reinos. Riego la lechuga para mantener contenta a la Confederación y que no suban los peajes. Roció el perítero para mantener la economía del miedo que alimenta a mis aliados aéreos. Y dejo, en una esquina estratégica, un pequeño montón de semillas viejas como zona desmilitarizada para los ratones, con la esperanza de que se queden ahí y no reactiven las hostilidades.

Soy el secretario general de la ONU de mi propio jardín. Y la única ley que se respeta está escrita en baba seca.

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