Mi guerra con los ratones creó un vacío de poder. Los pájaros lo vieron, declararon el jardín 'zona neutral de picoteo', y ahora son mis tácticos aliados... y mis críticos más severos. #AlianzaAérea #FoodWar #JardinGeopolítica
Así pues, quedamos en que mi jardín se había convertido en la Versalles de los roedores, un salón de esgrima olfativa donde cada maceta era un territorio en disputa. Yo, el rey Sol con mi frasco atomizador, y ellos, los ingeniosos musketeros del subsuelo.
Fue entonces cuando llegaron los mercenarios alados.
Todo empezó con un gorrión. Uno cualquiera, con ese aire de pandillero callejero que tienen todos los gorriones. Lo vi posarse en la valla, mirar el campo de batalla (mi césped), luego a mí (con el frasco en la mano), y luego otra vez al césped. Su cabecita dio un giro rápido, un "click-click" mental casi audible. Y entonces, lo vi comprender todo.
Al día siguiente, ya no estaba solo. Era una delegación. Gorriones, un par de mirlos con aire de intelectuales, y hasta una urraca que claramente estaba allí para evaluar oportunidades de negocio (a las urracas les interesan los destellos, y mi pulverizador de latón brillante era muy llamativo).
Habían declarado mi jardín "Zona Neutral de Picoteo - Patrocinada por el Conflicto Humano-Rodente".
Su lógica era impecable, y humillante para ambas partes en disputa:
Mi spray mantenía a los ratones relativamente a raya, lo que significaba menos competencia por las migas, las semillas caídas y los pequeños insectos.
Los ratones, acosados por mi perfume infernal, se habían vuelto más descuidados. Arrancaban una semilla, la olisqueaban con pánico por el olor a zorro fantasma, y la soltaban. Un buffet de comida pre-revisada por calidad y seguridad.
El jardín en sí era un campo minado solo para mamíferos de nariz sensible. Para un pájaro, con su olfato gloriosamente básico, era... un parque temático de la comida gratis.
Así nació la Alianza Aérea No Solicitada.
Los mirlos se dedicaban a los gusanos en la tierra recién removida, haciendo el trabajo de aireación que yo les debía agradecer. Los gorriones formaban escuadrones de ataque rápido sobre cualquier migaja que yo tuviera la gentileza de dejar caer al desayunar en el porche. Y la urraca... la urraca seguía al pie del cañón. Un día se llevó el tapón de plástico brillante de mi botella de agua de jardinería. Creo que era un mensaje: "Pago por los servicios de inteligencia".
Porque sí, se convirtieron en mis espías. Un gorrión que picoteaba nervioso en un rincón específico era una alerta amarilla: "Posible movimiento de tropas enemigas en el sector de las rosas". Un mirlo que lanzaba un grito de alarma y salía volando era una alerta roja: "¡INCURSION EN EL SECTOR DEL COMPOSTAJE!".
Yo, agradecido y confundido, empecé a dejar "pagos" estratégicos: un poco de pan duro aquí, unas semillas de girasol allá. No era un acuerdo verbal, pero la diplomacia del picoteo es muy clara.
Hasta que llegó el Día del Juicio Pajaril.
Fue un sábado. Me confié. No rocié. "Un día de tregua", pensé. "Que disfruten todos".
Error catastrófico.
La delegación alada llegó a su hora habitual. Picotearon. Buscaron. No había movimiento de ratones, por lo tanto, no había comida fácil asustada y soltada. El buffet estaba cerrado.
Y entonces, me juzgaron.
El gorrión jefe se posó en la mesa de jardín, a un metro de mí, y me miró. No con curiosidad. Con decepción. Con el aire de un jefe de obra que ve que el camión de cemento no ha llegado. Emitió un corto y seco "chip" que sonó exactamente como un "¿Y?".
La urraca, desde el techo, graznó algo que cualquier traductor de córvidos hubiera interpretado como "Incumplimiento contractual. Revaluaremos el acuerdo".
Se fueron. Todos. No un pájaro en el jardín en toda la mañana. El silencio era ensordecedor, y estaba lleno de reproches emplumados.
Había creado un ecosistema de dependencia bélica. Un complejo militar-industrial-alimentario en mi propio patio. Y ahora, los mercenarios se iban a la huelga.
Tuve que rociar esa misma tarde, no por los ratones, sino para reactivar la economía. Para que el ciclo del miedo, la huida y la comida soltada volviera a funcionar. Para que mis aliados volvieran.
Así que ahora la situación es esta: soy un estado títere. Mis acciones ya no las dicta la plaga, sino la presión de mis cruzados del aire, mis señores feudales con plumas, que exigen que el conflicto continúe para poder seguir cobrando su tributo en migajas.
El spray ya no es un arma. Es el instrumento de política fiscal de mi jardín.
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