Ah, el idilio del hombre con su jardín. Un ballet de rosas que florecen, del tomate que madura... y del ratón que decide que tu lechuga es el buffet gratis del vecindario. Así que, como cualquier humano civilizado en el siglo XXI, acudí a la ciencia. No a trampas arcaicas, ni a venenos de malvado de dibujos. No, yo compré elegancia líquida: un spray "repelente". Una promesa en aerosol de "aquí no es, señor roedor".
Y, oh, funcionó. Al principio fue la dulce victoria del silencio. Ya no había ese susurro de patitas en la oscuridad, ese mordisquito fantasma a los bulbos. Me sentí como un estratega genial. Había ganado la guerra sin ver un solo cadáver, solo con el poder del "huele mal pa' vos".
Pero la paz, querido público, es aburrida. Y la naturaleza aborrece el vacío... y el olor a menta ultra concentrada y orina de zorro sintética.
La primera señal de que mi triunfo era más complejo llegó con las Líneas de la Derrota Olfativa. Empecé a encontrar caminitos minúsculos, meticulosamente trazados alrededor de las zonas rociadas, como si un topógrafo borracho hubiera hecho los planos para esquivar mi "muro de peste". No se habían ido. Estaban cartografiando mi defensa.
Luego vino el Contraataque de las Margaritas. A la mañana siguiente de una fumigación particularmente orgullosa, amanecí con tres de mis margaritas más queridas... decapitadas. No comidas. No mordisqueadas. Decapitadas. Cortadas limpias, como por un verdugo enano. Fue un mensaje claro: "Podemos llegar a tus preciadas cosas también, humano. Tu spray no cubre todo. Somos pacientes. Tenemos toda la noche".
El tercer acto fue el más hiriente para mi orgullo de jardinero. Empezaron a... usarlo a su favor. ¿Esa pila de abono que estaba justo en el límite de la zona de exclusión? La encontraron una madriguera de cinco estrellas. ¿Por qué? Porque mi spray repelente, en el perímetro, creaba un anillo de seguridad que, en su mente retorcida, los protegía de depredadores mayores. Yo les había pintado un círculo mágico de protección. ¡Les estaba haciendo de guardaespaldas involuntario!
Así que aquí estoy. Ya no soy un simple hombre con un spray. Soy el Señor de los Olores, el Arquitecto de Fronteras Apestosas. Mi jardín es un campo de batalla de estrategias pasivo-agresivas. Ellos no invaden, asedian. Yo no los mato, los... incomodo profundamente.
¿Estoy contento con los resultados? Sí. Los veo menos. Pero han elevado el juego. Ahora somos dos facciones en una guerra fría húmeda. Ellos tienen la paciencia y los dientes incisivos. Yo tengo el frasco de "esencia de trauma vulpino" y el orgullo de saber que, probablemente, en alguna madriguera, hay un ratón viejo contando a las crías la leyenda del Gran Niebla que Quema la Nariz, y cómo su abuelo le plantó cara decapitando flores.
En resumen: el spray funciona. Pero prepárate. No estás comprando un repelente. Estás comprando el primer volumen de una saga épica titulada: "Yo, mi jardín, y los ingeniosos cabroncillos a los que solo les doy asco".
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