¿Cansado de historias de terror donde los monstruos dan miedo? Adéntrate en el deprimente pero hilarante mundo de Vlad, un vampiro centenario que lucha contra la burocracia, el Wi-Fi defectuoso y el aterrador vacío existencial de la eternidad. La inmortalidad nunca fue tan... mediocre.
Memorias de un Monstruo en el Paro
Capítulo 1: En el que mi no-vida perdió todo el brillo.
Permítanse presentar. Soy Vladímir. No, no ese. Por el amor de Dios, dejen de asociarnos. Es como confundir a un ejecutivo de bancos con Jack el Destripador. Simplemente, soy un vampiro. De los de verdad: cenizas, crucifijos, el paquete completo. O, al menos, lo era.
Llevo trescientos setenta y dos años en este valle de lágrimas, y déjenme decirles que la inmortalidad es, con mucho, el bien de consumo más sobrevalorado de la historia. La gente piensa que es una eternidad de fiestas en castillos, seduciendo doncellas y bebiendo vino tinto de copas de cristal. Mentiras. Todo mentiras.
La realidad es más bien así:
1. La Caza: Antes, era emocionante. Perseguir a un caballero por un bosque tenebroso. Ahora, es intentar pedir una hamburguesa a domicilio a las 3 a.m. y que el repartidor, un chaval con más piercings que un colador, te mire con lástima cuando abres la puerta de tu apartamento. "Uy, tío, ¿estás pálido? Deberías salir más". Y luego te cobra la propina. ¿Saben lo humillante que es que un mortal llamado "Kevin" con olor a pizza barata sienta lástima por ti?
2. La Elegancia Atemporal: Todo el mundo cree que vivimos en mansiones góticas. Lo intenté. Pero el mantenimiento es una pesadilla. Las vigas de roble carcomidas por la carcoma (una ironía cruel, lo sé), la calefacción en un edificio de piedra del siglo XV es un sueño inalcanzable, y los murciélagos... ¡Dios, los murciélagos! Son unos maleducados. Entran, cagan por todas partes y no contribuyen al alquiler. Me mudé a un ático en el centro. Es más práctico. Aunque el vecino del quinto, un hombre lobo llamado Gary, tiene la manía de aullarle a la luna llena desde su balcón, lo que invariablemente termina con una queja del comité de la comunidad. Patético.
3. El Dilema Existencial: ¿Qué hace uno con una eternidad por delante? Aprendí todos los idiomas que existen. Incluso el Klingon. Me hice experto en tejido de punto. Vi cada maldita serie de Netflix, Amazon Prime y la maldita plataforma de turno. He visto amanecer y anochecer más veces que un presentador de televisión matutina. La novedad de ser inmortal se desvanece después del primer siglo. Lo que queda es un aburrimiento profundo, punzante, y la creciente sospecha de que te has perdido el plazo para morirte de forma elegante.
El punto más bajo llegó la semana pasada. Estaba en mi sillón de IKEA (el "Söderhamn", es bastante aceptable para llorar), desplazándome sin rumbo por una red social, viendo cómo los mortales documentaban sus vidas efímeras y vibrantes. Fiestas, viajes, logros profesionales... Y yo, ¿qué había hecho? Sobrevivido. Un éxito rotundo.
Fue entonces cuando sonó el timbre. No era Kevin con la pizza. Era un hombre con un traje ridículamente ajustado y una carpeta. Un recaudador de impuestos. Porque, sí, la Agencia Tributaria sí cree en los no-muertos. Es la única institución que no discrimina. Después de una hora de discutir sobre desgravaciones por "gastos en suero vitalicio" y "transporte en ataúd verificable", se fue, dejándome con una factura y una crisis existencial renovada.
Así que aquí estoy. Vladímir el Impalador (no, no ese, ya lo he dicho). Tres siglos y medio de leyenda, reducidos a un tipo pálido que debate si salir a cazar o pedir otra pizza vegetariana porque la última le sentó mal al estómago... o lo que quede de él.
La verdadera pregunta no es cómo matar a un vampiro. Es cómo evitar que un vampiro muera... de aburrimiento.
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